miércoles, 7 de noviembre de 2007

Teoria de Cristaller

El modelo jerárquico de Christaller parte de un conjunto simple -y básicamente adecuado al contexto histórico-geográfico en que fue formulado- de presupuestos:
Un sistema urbano equilibrado está constituido por un conjunto de centros jerarquizados funcionalmente, esto es, un centro de un determinado nivel posee todas las funciones presentes en las aglomeraciones (más numerosas) de los niveles inferiores y todavía aquellas que son específicas de su nivel -jerarquización funcional/segmentación vertical de funciones;
Estas funciones corresponden básicamente a servicios finales, por lo que su ocurrencia acompaña de cerca por la dimensión demográfica de cada aglomeración -relación de tipo determinista entre dimensión geográfica y perfil de especialización funcional;
Las relaciones que se establecen entre las diferentes aglomeraciones son fundamentalmente verticales y ascendentes: la población de un determinado centro tendrá que desplazarse a centros de un nivel jerárquico superior (de mayor dimensión y menos numerosos) para tener acceso a servicios de especialización funcional superior al del nivel en que se integra ese centro; en condiciones estabilizadas, no existen relaciones "horizontales" (esto es, entre centros de un mismo nivel jerárquico), poseyendo cada aglomeración un área de influencia propia;
Los sistemas urbanos se organizan en una base nacional.
C. Estos cuatro presupuestos fueron, entretanto, parcialmente avalados por la emergencia de situaciones cualitativamente nuevas:
Al principio de la integración vertical (especialización por niveles funcionales) o bien por estructuras organizadas reticularmente con base en complementariedades "horizontales", envolviendo, por tanto, centros de un mismo nivel jerárquico; esta diferenciación horizontal estimula, como es obvio, relaciones y flujos interurbanos de naturaleza igualmente horizontal;
Algunas aglomeraciones, a pesar de su dimensión demográfica relativamente reducida, se tornan en centros suprarregionales y/o supranacionales en determinadas áreas de especialización (recuérdese, a título de ejemplo, algunas pequeñas ciudades italianas "sobreespecializadas" en la pasarela de la moda y del diseño). Estos casos vienen a demostrar que no existe una relación de tipo determinista entre dimensión demográfica y grado de especialización funcional. La idea de que un determinado escalón dimensional debe corresponder a un dado perfil funcional es correcta para los servicios finales y "no-básicos" (esto es, orientados, para la población local y regional), pero no es para servicios intermedios. En realidad, la existencia de sistemas productivos locales fuertemente especializados permite la expansión de actividades y servicios de apoyo a la producción que, después de una primera fase polarizada por la demanda local, pueden ganar cualidad suficiente para sustentar estrategias bien empalmadas de exportación. En estos casos, el grado de especialización obtenido sobrepasa con mucho aquel que sería de esperar teniendo en contra la dimensión demográfica del lugar;
Las relaciones de dependencia vertical que se generan en el interior de los sistemas urbanos fuertemente jerarquizados pueden ser parcialmente anuladas a través de estrategias que busquen definir complementariedades activas entre aglomeraciones de dimensión idéntica; las soluciones en red de este tipo permiten, para además de los logros de conjunto, que cada uno de los centros involucrados en esta estrategia de cooperación aumente su área de influencia y las posibilidades de internacionalización. Esta vía, que conduce igualmente a una "sobreespecialización" frente a la dimensión demográfica del lugar en causa, permite contornear, en parte, las consecuencias de una estructura rígidamente jerarquizada, donde la posición jerárquica, dimensión demográfica y grado de especialización funcional tienden a coincidir;
El contexto de creciente internacionalización, en general, y de integración europea (realización del mercado único y consiguiente abolición de las fronteras), en particular, ha implicado la emergencia de subsistemas urbanos transnacionales, unos de naturaleza mundial (red de "ciudades globales", por ejemplo) y otros de carácter transfronterizo. En realidad, la óptica estrictamente nacional de los sistemas urbanos es incompatible con la creciente apertura al exterior a que todos los espacios estaban sujetos.
En suma, el modelo jerárquico, considerado equilibrado y por eso modélico, se ve ahora confrontado con nuevas tendencias y nuevas soluciones organizacionales que conducen a cuestionar algunas de sus virtudes analíticas y de intervención.
D. El conjunto de observaciones presentado en el punto anterior no debe, con todo, llevar al abandono irreflexible de algunos de los principios contenidos en el modelo jerárquico. Efectivamente, las transformaciones identificadas, siendo relevantes, no parecen suficientemente fuertes para anular varios de los presupuestos subyacentes a la visión christalleriana de los sistemas urbanos.
De una forma general podemos afirmar que el modelo jerárquico pierde alguna importancia analítica y de referencia no porque haya sido -o pueda llegar a ser- substituido por otro modelo globalmente alternativo, sino más bien porque las tendencias recientes aumentan el abanico de posibilidades de evolución de cada centro urbano y, por consecuencia, las relaciones sistémicas que de esta manera se generan. Se valorizan, por tanto, soluciones más flexibles y ajustadas a la volatilidad de las sociedades y de las economías de hoy. Por otro lado, es muy desigual la capacidad que los diferentes sistemas urbanos existentes poseen en lo que se refiere a la incorporación de varios componentes de flexibilización, ya que esa capacidad depende mucho de los contextos culturales, institucionales y políticos prevalecientes en cada caso. En Portugal, por ejemplo, donde gran parte de los centros urbanos de media dimensión continúan, por un lado, dominados por el empleo en servicios públicos y en servicios privados finales (sean ellos tradicionales o modernos) y, por otro lado, al localizarse en áreas rurales en crisis, difícilmente se podrán multiplicar las trayectorias positivas de "sobreespecialización" basadas en la expansión de las actividades intermedias modernas y exportadoras


FERRAO, João. Red urbana, instrumento de equidad, cohesión y desarrollo. EURE (Santiago). [online]. mar. 1998, vol.24, no.71 [citado 07 Noviembre 2007], p.75-90. Disponible en la World Wide Web: . ISSN 0250-7161.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Teoria de Von Thünen

El autor alemán diseñó un modelo explicativo de la localización de los cultivos en un espacio homogéneo en torno al mercado en el que se intercambiarían los productos, que estaba representado por la ciudad. Así, contaba con una población aislada, abastecida con los cultivos de los alrededores, y unos productos surgidos de la tierra, que diferían en rendimiento por hectárea y coste de transporte, y que podían ser cultivados con distinta intensidad.

A partir de estas premisas, dos eran las preguntas a las que se trataba de dar respuesta: ¿cómo habrían de ser distribuidas las tierras de los alrededores de esa población para minimizar los costes globales resultantes de producir y transportar una determinada provisión de alimentos hasta la población?, y ¿cómo acabaría por repartirse la tierra si se permitiera una competencia sin control entre agricultores y terratenientes, en la que cada cual actuara pensando únicamente en su propio provecho?

La competencia entre agricultores se traduciría en el establecimiento, sin necesidad de organización previa, de un gradiente de arrendamientos[2] de la tierra. Así, el coste de los arrendamientos iría descendiendo desde el máximo registrado junto a la población hasta el cero correspondiente al final de la zona cultivable.

Cada agricultor debería elegir entre pagar más por la tierra, o hacerlo en concepto de costes de transporte de los distintos productos a la ciudad. Teniendo en cuenta que el coste del transporte y el rendimiento de la tierra varían en función de los cultivos, el resultado corresponde a un modelo de anillos concéntricos de producción

Las “ofertas de pago de arrendamientos” por parte de los agricultores dependen de los costes de transporte para los distintos tipos de mercancía producida. Así, el gráfico II.3 muestra como los agricultores que se dedican a las verduras, están dispuestos a ofrecer mayor renta para la tierra muy próxima al centro, que la ofrecida por los que cultivan trigo o crían ganado. Los propietarios de la tierra aceptarán las mejores ofertas recibidas, y, en torno a la ciudad, sin planificación previa alguna, surgirán un primer anillo de tierras de cultivo de verduras, un segundo dedicado al trigo y un tercero especializado en la cría de ganado.
En definitiva, dados los supuestos de un espacio uniforme y homogéneo, las técnicas de producción, los costes de transporte y los precios relativos de productos y factores, las localizaciones óptimas corresponden a zonas anulares en torno al centro o mercado, lugar encarnado por la ciudad.

Sin embargo, este modelo de Von Thünen no puede explicar el uso de la tierra cuando se introduce en el modelo la evolución dinámica de la población o poblaciones, su número y sus dimensiones. Mills hizo un primer intento cuando adaptó el modelo de Von Thünen, sustituyendo a los campesinos por los empleados que se desplazan a la ciudad a diario, y el pueblo aislado por un centro comercial y de oficinas de una ciudad moderna.

Mills obtuvo conclusiones similares a las del autor alemán, prediciendo entonces un modelo monocéntrico de ciudad, en el que la gente quedaba distribuida en una estructura de anillos concéntricos, sin necesidad alguna de planificación urbana centralizada. La evolución real de la estructura urbana poco tiene que ver con las predicciones de Von Thünen o de Mills: predomina la estructura policéntrica[3] en la autoorganización del área urbana, sin que pueda encontrarse explicación a este fenómeno a través de la consideración única de la distribución de arrendamientos del suelo



[1] Von Thünen, J.H., op. cit., 1826.

[2] Renta en la terminología clásica.

[3] Se habla de 16 “edge cities” en la ciudad de Los Ángeles.